Eric Orr
La historia del arte contemporáneo ha tendido a construirse desde una lógica institucional que, en muchas ocasiones, ha dejado fuera los procesos culturales que emergen desde la calle. Sin embargo, comprender el presente exige volver a esos espacios donde el lenguaje se genera antes de ser legitimado.
Entre 1980 y 1985, Keith Haring realizó alrededor de 5 mil de dibujos en los paneles publicitarios vacíos del metro de Nueva York, una práctica que ha sido ampliamente documentada. No obstante, lo que rara vez se señala es que ese gesto no surge en aislamiento, sino en un contexto previamente activado por el graffiti y la cultura visual urbana desarrollada durante los años 60 y 70.
Es precisamente en ese cruce donde se sitúa Eric Orr.
A través de un trabajo de campo sostenido durante más de veinte años en Nueva York, me baso en la investigación antropológica y el contacto directo con los protagonistas de esta historia, y de es esta manera ha sido posible recuperar relatos que amplían y complejizan la narrativa dominante. La entrevista que sigue, realizada a Eric hace unas semanas forma parte de este proceso: un ejercicio de documentación viva que permite acceder a experiencias situadas, alejadas de la reconstrucción académica convencional.
— ¿En qué año comenzaste a hacer graffiti y cómo fue tu primer contacto con la calle?
Comencé mi carrera en el graffiti “writing” como la mayoría de los jóvenes del South Bronx durante mis primeros años de secundaria. Tendría alrededor de 11 o 12 años. Elegí el nombre “Page 2” y hacía tags principalmente en mi barrio, en los alrededores de West Farms Rd., East Tremont Ave y Southern Blvd. A medida que fui creciendo, cambié mi nombre de “Page 2” a “EZE” y usaba ese apodo ocasionalmente.
— ¿En qué año apareció por primera vez la cabeza de robot y qué representa para ti?
Mi cabeza de robot apareció por primera vez alrededor de 1982–83. Yo era un gran fan del baile “Robot” de los años 70 y de algunos programas de televisión tempranos que incluían robots, como Lost in Space y la serie animada The Jetsons. Mi cabeza de robot realmente tomó forma a finales del invierno de 1983 y principios del verano de 1984.
Todo comenzó porque los chicos de mi barrio pensaban que yo hacía los dibujos con tiza en el metro, ya que yo dibujaba personajes de cómic con tiza en la calle, cerca del parque, para todos los niños del vecindario. De vez en cuando, cuando alguno de ellos iba a la escuela, veía un dibujo de Keith Haring en el metro y pensaba que yo era quien los hacía. Venían y me decían: “Vi uno de tus dibujos en la estación del metro, Eric”. Yo me quedaba desconcertado porque sabía que no había hecho dibujos en el metro.
Así que un día quise averiguar de qué estaban hablando y tomé el metro para buscar esos “dibujos”. Tomé la línea 6 hasta llegar a la estación de la calle 86 y allí vi uno de los dibujos de Keith Haring. Me bajé del tren para verlo más de cerca y de inmediato pensé: “Esto está genial”.
Creo que uno o dos días después pensé: puedo hacer dibujos como esos, ya que ya estaba dibujando para los niños de mi barrio. Como me gustaban mucho los robots, decidí crear una cabeza de robot como mi firma. Usaba lo que se llamaba “tiza de calle”, que era más gruesa que la tiza tradicional de pizarra que usaba Keith Haring.
Así que empecé a dibujar mi robot en los mismos espacios publicitarios negros donde Haring hacía sus dibujos.
— ¿Qué artistas o escenas te influyeron en tus primeros años dentro del graffiti y la cultura visual?
Dos de mis influencias más grandes y tempranas fueron dos amigos de la infancia de mi barrio en Daly Avenue: el writer “Iron Mike” y “Ree 1”. Ellos me dieron mi primer marcador y juntos hicimos tags en la puerta de hierro de la escuela católica Saint Thomas Aquinas, que estaba en la misma calle donde vivíamos.
También mencionaría a escritores de principios de los años 70 como Super Kool 223, Phase 2, Stay High 149, El Marko, CoCo 144, Snake 1, etc.
— ¿Cómo surgió tu trabajo en los cómics dentro del contexto del hip hop? ¿Se considera el primer cómic de hip hop?
Mi trabajo en los cómics surgió porque me gustaban los cómics y el arte de cómic en general. En ese momento, a principios y mediados de los años 80, no existían cómics que representaran lo que estaba sucediendo en la creciente comunidad del hip hop.
Así que decidí crear mi propio cómic con mi personaje robot, en el formato tradicional de historieta, en 1986. La creación del cómic fue un proyecto 100% “hazlo tú mismo” (DIY). Escribí la historia, ilustré las páginas y distribuí personalmente el cómic en tiendas de cómics de mi barrio.
No fue hasta muchos años después, con la ayuda del historiador de cómics Patrick A. Reed y la Universidad de Cornell, que se determinó que efectivamente había creado el primer cómic de hip hop.
— ¿Cómo y en qué año conociste a Keith Haring?
Conocí a Keith a finales de agosto de 1984, en el concurso de breakdance organizado por Swatch en la pista de patinaje The Roxy, en Nueva York.
Keith se me acercó y me preguntó si me gustaría colaborar con él en algunos dibujos, ya que reconoció mi robot, que yo llevaba serigrafiado en mi camiseta, a partir de los dibujos que estaba haciendo en el metro, en los mismos espacios donde él trabajaba.
Intercambiamos números de teléfono y nos volvimos a encontrar unas semanas después, el 24 de septiembre de 1984, en la estación de metro de Bleecker Street, donde comenzamos a colaborar.
— ¿Durante qué años colaborasteis, cuántas piezas creásteis juntos y cómo era vuestro proceso de trabajo?
Keith y yo colaboramos en aproximadamente entre 15 y 20 dibujos en el metro en 1984.
Comenzamos en la estación de Bleecker Street, bajando hacia el sur hasta la estación de Brooklyn Bridge, luego regresamos hacia el norte hasta la estación de la calle 125 en Harlem, y después volvimos al centro hasta Bleecker Street, donde habíamos empezado. Nos deteníamos a dibujar en todas las estaciones que tenían paneles negros.
Dato curioso: Keith y yo fuimos expulsados del metro dos veces ese día porque la policía de tránsito nos sorprendió dibujando. Tuvimos suerte, porque solo nos hicieron salir de la estación y no nos multaron por vandalizar propiedad de la MTA.
El testimonio de Orr no solo aporta datos inéditos , como su intervención paralela en los mismos espacios que Haring o sus colaboraciones directas en el metro en 1984, sino que evidencia una cuestión fundamental: el arte contemporáneo no puede entenderse sin atender a los sistemas culturales que lo preceden y lo sostienen.
Este tipo de encuentros han sido también el eje de una práctica curatorial e investigadora desarrollada entre Nueva York, Barcelona y Madrid, mediante la organización de exposiciones, conferencias y programas públicos que han traído a España a figuras clave de esta genealogía, como Al Díaz SAMO, Cornbread o CoCo 144. Lejos de una simple mediación, estas acciones responden a la voluntad de construir un archivo crítico y accesible que permita repensar la historia del arte desde sus márgenes.